Hablan los Periodistas
Hablan los Periodistas

| León Hernández.

ABEdiciones, 2020.

El rol del periodismo venezolano y su transformación durante la égida chavista-madurista son los principales temas abordados por León Hernández, miembro del Centro de Investigaciones de la Comunicación de la UCAB, en su libro Hablan los periodistas. El mismo fue publicado por ABediciones bajo la serie Baciyelmo, en el mes de agosto de este 2020.

 

En el texto se pretende lograr una reconstrucción del trayecto informativo desde los años 60 hasta la actualidad, más allá de primicias y grandes inversionistas de los medios de comunicación. Con un desarrollo emotivo a partir de testimonios de periodistas de diversas generaciones como Isnardo Bravo, María Isabel Arriaga, Elsy Barroeta, Alonso Moleiro, María Fernanda Flores, Héctor Luis Caldera, Lina De Amicis, Luis Carlos Díaz, Ramón Hernández y Sergio Novelli, entre otros, se establecen antecedentes que toman como base la premisa de que los periodistas venezolanos pasaron de la sensación satisfactoria de informar al extremo de temer la persecución.  

 

En palabras iniciales, el autor indica que la obra no busca dar respuestas definitivas, sino otorgar una revisión cargada de autocrítica para originar reflexiones y aportes en beneficio de un futuro sistema democrático.

 

Con palabras de Ramón Hernández, el capítulo uno sirve de preludio para los comunicadores siguientes.

 

Este, egresado de la Universidad Central de Venezuela, señala que en 1968 comenzó un proceso de renovación académica que esperaba disminuir la influencia comunista en la Escuela de Comunicación Social. Explica que al hacerse realidad el cambio buscado se logra la apertura a otras corrientes políticas en la Universidad Central de Venezuela y, en consecuencia, también en la forma de hacer periodismo.

 

Para ilustrar a mayor detalle esta transformación se hace mención a Pablo Antillano, fundador de la revista Reventón en 1970. Asimismo, también se utiliza de referencia a las revistas Punto Negro, Vea y Lea y al periódico El Diario de Caracas para plasmar un entorno en donde los medios de comunicación dejan de identificarse con una sola línea editorial.  

 

Con la idea de la existencia de un periodismo que intenta ser independiente, autónomo, crítico y casado con la veracidad, se llega a un segundo capítulo. El autor señala una década de los ochenta en donde hechos como el Viernes Negro (1983) y el Caracazo (1989) han impactado a la sociedad. Por su parte, una fuerte industria mediática conformada por periódicos impresos tales como El Nacional, El Universal, Últimas Noticias y 2001, compiten por audiencias y anunciantes.

 

En su testimonio, Elsy Barroeta habla de un periodismo más libre que no está exento de autocensura ideológica condicionada por acuerdos tácitos entre los dueños de medios comunicación y el Gobierno. De esta manera, además de citas documentadas de Andrés Cañizalez sobre la persecución de periodistas por parte de la DISIP (Dirección General Sectorial de los Servicios de Inteligencia y Prevención) bajo el mandato de Luis Herrera, comunicadores como Alonso Moleiro y María Isabel Arriaga comparten experiencias con respecto a llamadas de personalidades políticas. Se plantea el ejemplo de Blanca Ibañez, cuya presión causa protestas contra la “mordaza” en 1988.

 

Sin embargo, las palabras de María Fernanda Flores y citas de entrevistas de Sofía Imber y Carlos Rangel sirven para aclarar que, a pesar de la presencia partidista en los medios, era posible acceder a la información y establecer el reclamo que se considerara conveniente. Asimismo, Hernández aclara que la aplicación de sanciones no implicaba ni cierre ni destrucción económica.

 

En el mismo capítulo, Lina De Amicis, califica al periodismo antes de 1999 como académico y no preparado para mediar en situaciones políticas. Al contrario de Ramón Hernández, quien por su parte le adjudica los principios de fanfarronería, ingenuidad y poca consciencia de lo que significaba la libertad de expresión.

 

Con el título “Los 90 y los periodistas como narradores de la crisis”, se continua el análisis en una tercera parte. Se retrata al comunicador como un sujeto percibido por diversos sectores como aquel que intermediaba con las autoridades para buscar soluciones puntuales. En general, se le da prioridad a la noticia como género informativo y no hay un desarrollo amplio del periodismo de investigación.

 

Según Luisa Torrealba y Lina De Amicis, existía el sentimiento de que con el periodismo se estaba cumpliendo un papel importante en la sociedad. Aunque, Elsy Barroeta menciona una poca participación de la opinión pública, pues usualmente se hablaba de lo que decían los dirigentes políticos y no de lo que pensaba la población.

 

Del mismo modo, la importancia del acceso a la fuente cobra vida en este apartado del libro. En su entrevista, Isnardo Bravo explica cómo realizó la cobertura del intento de golpe de Estado encabezado por Hugo Chávez y la existencia de inversión en la industria mediática que resultaba en el deseo de muchos jóvenes de ser periodistas. Se toma como ejemplo la fundación del canal Globovisión en el año 1994.

 

A pesar de este contexto beneficiado, en donde hay una transparencia y poca censura, Ramón Hernández señala una tendencia en el periodista de atacar la democracia. Es decir, se observa la presencia de sectores comunicacionales interesados en cambios políticos radicales.

 

Esto último es acompañado con el abordaje de la actuación del gremio periodístico frente a la candidatura de Chávez. El autor menciona que algunos comunicadores vieron con beneplácito, banalidad y poca profundidad el surgimiento de una alternativa política distinta al bipartidismo tradicional, mientras que otros percibieron con temor el ascenso al poder de un candidato con tendencias militaristas.

 

Este argumento encuentra soporte en el caso de los firmantes de la bienvenida a Fidel Castro a la toma de posesión de Carlos Andrés en 1989. El mismo sirve como muestra de un espíritu “antiimperialista” que pudo dejarse seducir por el discurso marxista y, en consecuencia, darles cabida a asociaciones entre Chávez y el Libertador y a las primeras muestras de cuestionamientos al trabajo periodístico no afín.

 

En el capítulo cuatro, Hernández retrata el inicio del miedo y la represión por parte del gobierno hacia el gremio periodístico con el propósito de que el lector pueda empatizar frente a la percepción de los actores que experimentaron las variaciones en el costo que les daba informar en el país.

 

El comunicador ya no fue tan bien recibido en las calles y la actitud de Chávez hacia el comunicador se vuelve menos tolerante comparado con sus tiempos de candidatura para 1998. Nuevamente, con el objetivo de dar luces a este cambio, el autor refiere una entrevista que data del año 2000, entre José Domingo Blanco y el ya presidente de la república, que logró dejar la idea de que este último no se sentía responsable de la violencia en aumento.

 

Sin embargo, la periodista e investigadora del ININCO, Luisa Torrealba Mesa indica que el régimen muestra una necesidad de permanecer en los medios. Programas de televisión como ‘Contacto con el Presidente’ y ‘Aló Presidente, que se usan como difusores de propagandas del partido oficial de gobierno y en el cual se expone al escarnio público a periodistas que han tenido un trabajo considerado crítico, son mencionados en este apartado.

 

Al mismo tiempo, se hace referencia a comunicadores golpeados, robos de equipos de trabajo, monopolización del papel periódico, el uso de Conatel para lograr el cierre de medios de comunicación y la omisión de estos sucesos por parte del Colegio de Periodistas, cuyos representantes concuerdan con el discurso revolucionario de Chávez.

 

El apartado titulado “El fin de la precisión del dato oficial, y la pérdida de la precisión como componente de la información veraz” explica cómo se establece un cerco que impide el acceso a la información pública a partir de negativas de entrada a ministerios, un lenguaje de criminalización hacia los periodistas y la entrada en vigencia de leyes y organismos dedicados a bloquear espacios comunicacionales. Torrealba Mesa cita el ejemplo de la prohibición de la ex Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, de informar sobre el derrame petrolero en el Río Guarapiche en el estado Monagas.

 

En el capítulo cinco, Hernández reseña las experiencias vividas por los actores entrevistados en este contexto de persecución actual.

 

Héctor Luis Caldera, el periodista más joven entrevistado para la edición de este libro, explica cómo los ataques cambian a otra dimensión de gravedad en las protestas del año 2017. La violencia a la cual fue sometido por parte de funcionarios del Estado cuando ejercía su labor de informar en Caracas fue grabada por periodistas que estaban en el área. Las imágenes son adjuntadas por el autor.

 

Este testimonio es acompañado de un sexto apartado, en el cual, Iris García y Alfredo Meza comentan los cierres sin ningún basamento jurídico de televisoras, emisoras y periódicos. Además de denuncias a portales web y persecuciones a periodistas críticos al gobierno como Luis Carlos Díaz.

 

Finalmente, el texto cierra con un capitulo siete que permite una reflexión referente al tratamiento periodístico que se le dio al movimiento político chavista. No obstante, Hernández aclara que, aunque el periodista tuvo su papel en la formación de una opinión pública tendente a la anti política, no fue el único responsable de la crisis moral, social y económica. Existe una responsabilidad distribuida en múltiples actores y en la existencia de un gobierno que no es demócrata.

 

También, a partir de las últimas aclaratorias de los entrevistados, se señala que el aprendizaje que queda hacia el resto de generaciones por venir es que debe permanecer la búsqueda de reinvención con el propósito de esquivar los diversos mecanismos de censura y de los espacios de autonomía que les permita a los periodistas recuperar la credibilidad y promover el restablecimiento de la democracia.

 

Entre los aportes de esta obra se encuentra una comparación clara de las décadas de los 70, 80, 90, 2000 y 2010 a partir de las entrevistas emotivas de los actores del gremio periodístico. Este, aunque puede ser utilizado como antecedente para futuras investigaciones adecuadas al entorno periodístico debido al manejo de información en cuanto al contexto histórico, no es un texto preparado para obtener respuestas concretas. Se trata de profundizar las experiencias vividas por los comunicadores sociales en todos estos años, en los cuales, poco a poco, bajo una mordaza estructurada se les ha ido silenciando.

 

La crítica ante el papel que tuvieron los actores sociales y políticos en el ascenso del presidente Hugo Chávez Frías se ha mantenido hasta la actualidad de una manera que adquiere una postura recriminatoria. No obstante, el autor no se pierde en ese sendero, y al tomar un camino de contrastes e indagaciones en las opiniones, logra establecer una línea de objetividad que le permitirá al lector formarse una visión respecto a los sucesos experimentados antes y después de las elecciones del año 1999 más allá de lo dicho en la fuente oficial.

Andrea López

Estudiante de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello, beca trabajo del Centro de Investigaciones de la Comunicación de la UCAB.