2020: el año que el mundo se paró. Reflexiones veinte años después de ¿A dónde vamos?
2020: el año que el mundo se paró. Reflexiones veinte años después de ¿A dónde vamos?
Esnaider Monterrosa   |    17 septiembre 2020  DOSSIER

Sumario

 

El artículo, desde una óptica muy personal y oscilando entre el pesimismo y la desesperanza, se pregunta varias veces: ¿hacia dónde vamos?  Nos dice que es difìcil responder esa interrogante desde el tablero de la sociedad, los gobiernos, las comunicaciones y las redes sociales. Pero habrá cambios y de eso nadie duda. Esos cambios serán del orden comunicativo-cultural.

 

I am a passenger
And I ride and I ride
I ride through the city’s backside

Iggy Pop (1977)

 

 

Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades;

se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece

 y un vacío desolador que paraliza todo a su paso:

 se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas.

Papa Francisco. Bendición Urbi et Orbi (2020)

Día 14 de confinamiento. Me levanto. Me lavo las manos; canto Cumpleaños Feliz (hay que cantarlo dos veces mientras te lavas las manos) jabón en la palma, frotar; palma contra dorso, frotar; falange contra falange; puntas contra manos, frotar; cierro el grifo con el codo.  Afuera en la calle el mundo se ha detenido, no hay coches, se oyen sirenas de ambulancias, hay tres o cuatro caminantes, uno está a punto de cruzarse con otro y se baja a la calzada; se saludan levantando la mano; hace diez años comentaba en una nota al margen la evolución de los saludos[i]; hoy habría que modificarla. Hoy no nos tocamos[ii]. Silencio, se oyen los pájaros… realmente la Naturaleza es sabia, no necesita de nosotros. Madrid parece una película de ciencia-ficción pero no, la pandemia ha conseguido que sea una ciudad muerta.

 

Una taza de café y un cigarrillo, leo lo escrito hace veinte años[iii]. La pandemia incluso ha conseguido que seamos políticamente correctos con ella; nada de nombres románticos. I(nc)luso creí que pasaría a la historia como la Gripe de Wuhan o la Gripe Italiana pero no, su nombre es aséptico y científico… COVID-19.

 

Las sociedades occidentales se encontraban a principio de este año instaladas en la seguridad de la ciencia, la economía y la estabilidad. Todo aquello que mencionábamos en 1999 parecía tener sentido, aunque al cuadro en que describía la evolución del conocimiento habría que añadirle una columna pues desde ese momento la explosión de posibilidades de almacenamiento y de comunicación ha cambiado.

 

La aparición de la nube, los teléfonos móviles de nueva generación, la televisión en streaming y online, sobre todo, las redes sociales (donde todo el mundo puede opinar, los influencers, las video llamadas, Instagram[iv], etcétera; que hace unos años parecían de un futuro lejano)  han cambiado  el consumo que hacemos de los medios de comunicación y la forma en que nos relacionamos.

 

Un actor de comedia hace unos años, en una sitcom tenía un personaje que después de hacerle alguna faena a otro le decía: “ahora vas y lo tuiteas”. Esa frase se hizo “viral” (hoy esa palabra ya no suena tan científica y encierra algo de miedo), resumía un poco lo que a la forma de ver el mundo de los milenial, esa generación que no conoció la televisión en blanco y negro, ni las cámaras de rollo, para la cual los teléfonos analógicos son piezas decorativas.

 

Hoy en día, la primera generación que ha vivido inmersa en las redes sociales (más que milenial la llamaría la generación twitter) se enfrenta a su primera crisis social y política en directo[v].

 

La Guerra de la Palabra

 

La Guerra de la Palabra no es algo nuevo, tiene siglos de existencia. Hoy está terriblemente presente no solo por la pandemia, sino por algo más cotidiano pues vivimos en la era de la posverdad.

 

El siglo pasado, (lo escribo y me siento viejo) decían terminó con la Guerra del  Golfo, dijeron que fue la primera guerra en directo. Personalmente difiero, esa fue una guerra que estuvo llena imágenes falseadas, inciertos reportajes, imágenes falsamente censuradas (estaría más cerca de la posverdad que de ser una guerra en directo)[vi], creo que el siglo XX en realidad terminó con la mal llamada Primavera árabe.

 

Las imágenes y las noticias en directo de las revueltas en El Cairo, en Túnez y en Libia (incluido el linchamiento en directo de Muamar el Gadafi) en su gran mayoría eran producto de jóvenes y adultos que las subían a sus redes sociales desde sus móviles. No había censores que pudieran pararlos. Multitudes pidiendo un cambio de régimen y mayor acceso al bienestar que en sus comunidades solo estaba permitido a unos pocos.

 

Cuando la Primavera se estancó en Siria, se perdió el interés en la guerra, pero la televisión ya había aprendido la lección. Hoy no hay noticiero que no incluya al menos un segmento con imágenes que un aficionado ha tomado de un evento. Las imágenes que hoy tenemos de la pandemia, fuera de las oficiales, están obtenidas por dispositivos móviles. Sin esas imágenes este confinamiento sería monstruoso. Desde el meteorito que cayó en Siberia, a los atentados de París, las imágenes  más impactantes son las de personajes anónimos y de teléfonos móviles.

 

La guerra en Siria, que a todos los efectos es la Tercera Guerra Mundial; eso sí, bastante encubierta (la OTAN, Estados unidos, Siria, rebeldes anti-Bashar Al Ásad, guerrillas chiíes, curdos, Irak, Irán, Turquía, Rusia, todos luchando entre sí y contra el Estado Islámico a la vez) es también un ejemplo de la Guerra de la Palabra.

 

Es el conflicto más complejo comunicacionalmente que ha tenido la historia, unos “enemigos conocidos” (OTAN, Estados Unidos, kurdos, los rebeldes sirios vs. Rusia, Irán, rebeldes chiíes, tropas de Al Ásad) se enfrentan a El Daesh (que NO es un Estado, pero que cuenta con un territorio en Asia y África, que ahora NO cuenta con un líder visible) y han desatado no solo una lucha con tanques, aviones y soldados; sino también una batalla lingüística y comunicacional.

 

En la Segunda Guerra Mundial, “los nazis”, “los americanos”, “los soviéticos”, se referían a un grupo poblacional ligado a un territorio y sus campañas en los medios eran estudiadas y precisas para motivar a la población. Los intentos para generar desaliento y crear incertidumbre entre la población pasaban por crear emisiones en AM (Amplitud Modulada) como la Rosa de Tokio, o ya en la segunda fase de la guerra noticieros con partes de guerra, de uno y otro bando, más o menos tendenciosos. La cantidad de panfletos que se liberaron sobre ciudades alemanas y japonesas tenían las desventajas de depender de las condiciones atmosféricas, de la precisión del piloto… y que el texto estuviera en el idioma correcto.

 

Son muchas las películas y novelas, que nos cuentan de los esfuerzos de las personas por tener una radio que sintonizara la BBC. Los panfletos lanzados desde aviones, como ya mencioné, o los altavoces en los helicópteros en Vietnam intentaban traspasar las líneas del frente.

 

Anterior a esa guerra, la Guerra de la Palabra se libraba hacia adentro, había que mantener alta la moral de la población para poder fabricar armas, pertrechos, avituallamientos en el frente. Para provocar revueltas y desánimo detrás del frente, eran limitadas (espías, quintacolumnistas, traidores y mercenarios). En los siglos XIX y XX artículos, fotografías, obras de teatro, películas y caricaturas eran los principales elementos para levantar la moral de la población.

 

Goebbels es en ese sentido el paradigma: “Una mentira contada mil veces se convierte en verdad” (por mucho que insistan los deontólogos de la comunicación, repetir mil veces sí puede convertirse en verdad, al menos para una parte de la población). Quizás Goebbels sea el padre de la posverdad tal como la entendemos (y sufrimos actualmente). El esfuerzo de la propaganda de guerra si era efectivo podía durar varias generaciones, siglos incluso. La batalla de Qadesh, puede servirnos de ejemplo, con los grandes bajo relieves e inscripciones de Ramsés II que celebran su gran victoria sobre los hititas. La propaganda fue tan efectiva que hasta que no se descubrieron datos arqueológicos recientes no se supo del verdadero resultado, un empate que terminó con un acuerdo de no agresión por ambas partes.

Tabla Dossier 1

A los aficionados del arte les sonará el Salón de los Reinos, aquella famosa estancia que le encargó Felipe IV decorar a Diego Velázquez. Dicho salón fue decorado con todas las batallas célebres del gobierno del Rey Mundo. Las lanzas de Breda, La recuperación de Bahía de Brasil, El socorro de Génova, La defensa de Cádiz, La recuperación de San Juan de Puerto Rico, La recuperación de la isla de San Cristóbal, El socorro de la plaza de Constanza, La expugnación de Rheinfelden, La expulsión de los holandeses de la isla de San Martín, todos con el mismo fin: exaltar las victorias de un imperio que entraba en la decadencia.

 

La idea de ese Salón del Trono era la de ser un instrumento más de la propaganda política de ese tiempo, cumplirían con el mismo cometido de los carteles de la Guerra Civil (con la ventaja de estos últimos de contar con las herramientas de la reproductibilidad técnica) infundir ánimo en la retaguardia. Todos esos cuadros fueron encargados y terminados antes del Tratado de Westfalia, donde quedaría reflejado que los perdedores fueron España y el Sacro Imperio.

 

Pero la fase final de la Primavera árabe, que cómo decía, ha terminado con la actual y terrible guerra civil en Siria, se convirtió en poco tiempo en una guerra extraña. La lucha contra Al Qaeda fue una lucha propia de la era de la oralidad secundaria donde no hay un contendor definido, no era una nación, no era la población de un lugar; era cualquiera y en cualquier lado.

 

Tras el atentado de las Torres Gemelas, en directo y mil veces documentado por teléfonos móviles, la sociedad estadounidense se quedó paralizada. No había (eso lo reconocían los expertos militares) un enemigo convencional al que atacar, de ahí que se invadiera Afganistán y más tarde Irak en un intento de encontrar alguien real con quien luchar.

 

Esa desesperada búsqueda del otro como un diferente contra el que tenemos que enfrentarnos, llevó a desquiciantes actos de racismo en contra de musulmanes, sijs, paquistaníes e hindúes en muchas partes del mundo. Cuando actos terroristas se cometían por europeos radicalizados, Occidente quedaba en shock, los bárbaros estaban ya dentro de las murallas. Se buscaban justificaciones psicológicas, socioeconómicas, familiares. No era comprensible que “alguien como nosotros” cometiera semejantes actos.

 

Al Qaeda supo infundir terror entre ciudadanos de todo Occidente mostrando decapitaciones, incineraciones, degüellos y otras tantas barbaridades al subirlas a sus redes sociales y enviarlas a las redacciones de cientos de diarios y televisiones. Lograron su efecto. El terror estaba detrás de las filas del enemigo. Recuerdo la paranoia que había en Madrid tras los atentados de Atocha cuando alguien veía una mochila olvidada en un autobús o en el metro; había un miedo real que casi podía olerse en el ambiente.

 

 Pero El Daesh fue quien pulió el método. Sus videos de imágenes perfectamente editadas, créditos incluidos, con planos cinematográficos (recordemos la detonación de la mezquita de Mosul, o la destrucción de las puertas babilonias) parecían cine pero eran imágenes reales.

 

Como decía, Siria fue una guerra extraña. Cuando todo parecía que iba a desembocar en un conflicto al estilo de la era del logocentrismo, apareció El Daesh con un discurso mediático estructurado y un plan concreto. No tenía un territorio y su población según sus palabras eran todos los musulmanes en todo el mundo. Cuando se autoproclaman Estado Islámico (ISIS), Occidente y buena parte del mundo musulmán tembló. Por un lado se podía combatir en sus territorios pero su propaganda era imposible de detener. El enemigo puede estar en todas partes y su mensaje parece imparable.

 

Las democracias occidentales tenían y tienen un talón de Aquiles, sus fundamentos: en la libertad religiosa (no se puede limitar el culto de una población del país), la libertad de comercio (se comprometían las redes y centros de producción) y la libertad de pensamiento y opinión (incluso las opiniones contra la libertad de opinión tienen cabida). China y algunas sociedades asiáticas donde el interés individual se supedita sin miramientos al interés colectivo lo tenían y tienen de alguna manera más fácil (Myanmar no vio ningún problema en expulsar a toda la población musulmana para  espanto de Occidente), Internet está controlado por el Estado, y sus redes sociales están adaptadas a su sociedad.

 

El Daesh, se convirtió en un dolor de cabeza para las redacciones del mundo. Su nombre propio era Estado Islámico, nombrarlo así le daba corporeidad (tenía un lugar en el espacio y el tiempo) y contra eso podía lucharse; pero no dársela implicaba convertirlo en un fantasma… y eso producía más miedo aún.

 

La fórmula que finalmente se le dio fue la de “autoproclamado Estado Islámico” (medio fantasma, medio real) en las redacciones españolas y angloparlantes. Francia por su parte sigue apostando por El Daesh con todas las consecuencias que ello puede acarrear[i].

 

Por eso esta guerra se convirtió en una Guerra de las Palabras, no solo por el alcance del mensaje detrás de las filas y que no eran “daños colaterales” sino miedo real. Era por la necesidad de dar cuerpo y forma a ese enemigo.

 

La era de la posverdad, se significa por el volumen de noticias falsas que crean un estado particular entre la población. No es que antes no existieran las informaciones tergiversadas o directamente mal intencionadas, pero no lo eran en el volumen, la (in)tensión y la dimensión actuales (muchos periodistas y pensadores hablan ya de una industria de las fake news).

 

La posverdad no sería posible sin la majority illusion. En palabras de quienes han investigado este fenómeno,  viene a ser:

 

[…] la prevalencia puntual de un atributo entre los vecinos del nodo de una red puede ser muy diferente de su prevalencia global, creando la ilusión de que el atributo es mucho más común de lo que realmente es. En las redes sociales, esta ilusión puede hacer que las personas lleguen a conclusiones erróneas acerca de cuán común es un comportamiento[ii].

 

 Sustituyamos atributo por información o noticias y tendremos la definición de posverdad. Si somos capaces de detectar cuales son los nodos que son influyentes; estos pueden ser periodistas, diarios, medios, personas muy activas en sus redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, WhatsApp[iii]), podemos alterar la percepción de una gran parte de la población.

 

Es un verdadero dolor de cabeza para los medios de comunicación y sobre todo para los gobiernos de Occidente el detectar las fake news y los ataques que se realizan desde los enemigos tradicionales (entiéndase Rusia), potencias emergentes (China), países de la periferia (Corea del Norte, Irán), ciberdelincuentes, grupos ultranacionalistas (Amanecer Dorado en Grecia), grupos terroristas (Al Qaeda, El Daesh, etcétera) o partidos de extremistas (tanto de derecha como de izquierda). Dichos ataques se producen más o menos frecuentemente para inclinar la balanza de la opinión pública sobre un determinado asunto o para modificar un resultado electoral.

 

En Estados Unidos fueron flagrantes los ataques que desde Rusia se efectuaron contra la candidata Hillary Clinton y llevó a abrir una investigación contra Donald Trump por la supuesta participación de este. En Francia, Holanda y España en vísperas de sus últimas elecciones, se elevó al máximo el nivel de alerta y se activaron todos los protocolos para evitar ciberataques y que se infoxicara el ambiente electoral con una inundación de ciberataques y fake news.

 

En este caldo de cultivo, “una mentira repetida mil veces” sí puede convertirse en verdad; una verdad para millones que no cuentan con las herramientas y/o el tiempo para contrastar la información que reciben en la caja de resonancia que pueden ser sus redes sociales. En parte de la ciudadanía, las redes oficiales y la información de los medios tradicionales empieza a tener una credibilidad bastante erosionada. La majority illusion puede afectar dramáticamente los fenómenos colectivos en las redes (unas elecciones por ejemplo) y provocar “contagios” sociales (el retiro masivo de dinero de los bancos).

 

Majority illusion vs.  bonfire of vanities & minority report

 

En  1999, Jesús María Aguirre, a quién tengo en gran aprecio personal e intelectual, me comentó después de leer el artículo ¿A dónde vamos? que echaba de menos que, así como en la era de la oralidad y del logocentrismo había encontrado libros que reflejaban esa realidad, en la era de la oralidad secundaria, no hubiera comentado algún libro que reflejara “el espíritu del tiempo”. En mi defensa he de decir que ese artículo formaba parte de mi TFM (Trabajo final de Master) y que dada la proximidad del cierre para la revista en ese momento no se me pasó por la cabeza hacer esa modificación (también, hay que reconocerlo, un poco de pereza).

 

 No tenía muy claro que La hoguera de las vanidades fuera un buen ejemplo. Había pensado en Rayuela, pero en esa novela Cortázar se adelanta a su tiempo en cuanto a la forma de lectura que es propia de nuestra época[iv], pero no en cuanto al Zeitgeist. Transcurrido el tiempo, Wolfe terminó de imponerse a Cortázar.

 

En 1987 Tom Wolfe publicó La hoguera de las vanidades donde un personaje al tomar una salida equivocada de la autopista es llevado a una serie de eventos que terminan arruinando su prestigio social y económico. Todos los protagonistas, cada uno más canalla que el anterior, van tejiendo una red de medias verdades, cuando no mentiras, que solo tienen por objetivo lucrarse o salvar su propio pellejo.

 

La principal afectada de toda esta trama no es otra que la veracidad y el propio afectado por el accidente del cual solo tenemos información al inicio de la novela y al final de la novela. ¿No es la veracidad la principal afectada de la posverdad?

 

La proliferación de medios digitales, como newtral.es o fullfact.org; o de secciones específicas de medios tradicionales que se dedican a verificar la información que dan los personajes públicos, o de informaciones que circulan en Internet, demuestran cuan acuciante se hace en nuestro tiempo el poder contar con información fiable para nuestra toma de decisiones. Incluso muchos influencers, ya están siendo objeto de este escrutinio, algunos de sus contenidos rozan la estafa o directamente son perjudiciales para la salud[v].

 

Vivimos en una sociedad compleja, que se irá haciendo más compleja mientras más nos adentremos en el siglo XXI. No basta con información actualizada, las llamadas “noticias frescas” de las redacciones del siglo XX. La información ahora debe ser fiable, (cuando acabe esta pandemia cada vez más, me atrevo a vaticinar) y, además, los demandantes de información requeriremos que sean éticamente solventes.

 

La hoguera de las vanidades, como reflejo de la sociedad del final del siglo XX, está urgida de “noticias frescas”. Un artículo sobre un atropello lo era entonces y hoy todavía lo es. El racismo en Occidente es y era noticia. El que un millonario intentara eludir su responsabilidad era y es noticia. 

 

Ahora, que en esta historia se tergiversaran los hechos o que las motivaciones fueran espúreas es lo que en la era de la oralidad secundaria no era tan reprobable[vi]. De hecho no buscaba ni modificar las conductas de los conductores, ni que la sociedad se replantease sus actitudes racistas, ni siquiera que la sociedad se plantease la forma en que se administra la justicia.

 

Pongo un ejemplo. En España durante los últimos años Venezuela ha sido un tema recurrente en los medios de comunicación. Exactamente durante los períodos electorales. Las imágenes del desabastecimiento, de las muertes en los hospitales, del Presidente diciendo que un “pajarito le habló”, o de la pareja presidencial bailando, o de los pensionistas venezolanos en España que ya llevan más de cinco años sin cobrar, manifestándose en la Puerta del Sol.

 

No ha habido ninguna presentación seria del proceso de erosión de libertades individuales, ni de la destrucción de las instituciones, ni de las claves que expliquen la ruina económica. Pasadas las elecciones y las sesiones de formación de Gobierno vuelve el black-out informativo. Los intereses de los partidos de derecha e izquierda son los que llevan la batuta. Mientras tanto a la Tierra de Gracia le ocurre como al atropellado de la novela, se le olvida. Sigue muriendo gente, se siguen destruyendo las instituciones y se limitan las libertades individuales. Venezuela era, y es, un puching ball de orientaciones políticas. A eso es a lo que me refiero acerca de las noticias éticamente solventes.

 

Día 17 del confinamiento. La misma rutina de todos los días. Me levanto. Me lavo las manos. Miro por la ventana, hoy no hay sirenas. Ayer murió Magdalena, tenía 93 años, su nieto desde el otro lado de la acera nos lo dice: “Fue el bicho”; es la forma que los madrileños le hemos dado al COVID-19. Se oyen los pájaros. Me preparo para el único recorrido del día. Gorro, de nuevo lavarse las manos. Guantes de latex y mascarilla[vii]. Panadería, esperar a dos metros fuera del local y a un metro de cada uno de los que espera entrar. Salgo, los árboles han empezado a tener hojas. Cuando empezó todo esto, apenas había brotes. Las palomas en el parque ya no tienen miedo mientras paso a su lado, la hierba crece en los bordes de las aceras. Última parada el estanco, una cajetilla de West. En casa de nuevo, el ordenar espera mientras parpadea el cursor. La hoja en blanco…

 

Y bien, llegamos a 2020, este año se anunciaba como “la vuelta a los locos años 20”. Creo que de alguna manera se ha cumplido. La pandemia es una locura. Nuestra generación, la de los venezolanos que nos vinimos a Europa en el siglo pasado (de nuevo me siento viejo), había sobrevivido al Caracazo, donde el otro eran tus vecinos que los veías en la televisión arrastrando media res[viii] o un televisor; a una crisis bancaria, donde el otro era algo más difuso pero que tenía algunos nombres: Banco Consolidado, Banco Progreso, Banco Latino, Banco Unión. Tres intentos de golpe de Estado, donde el otro estaba encarnado en una persona muy real “por ahora”, por una camisa rosada, por la imagen de una tanqueta derribando una puerta en el Palacio Blanco, o por un “Decreto Número Uno”; un desastre natural que arrasó un estado de Venezuela, donde el otro eran unas listas con nombres de desaparecidos, un otro ausente pero dolorosamente presente. Luego ya en España, a varios atentados terroristas, con un otro que cobraba cara con cada detención, nombre con cada detención, fuese Iñaki de Rentería o Jamal Zougan; a la Gran Recesión, donde el otro comenzó a tener cara en Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel. Finalmente la pandemia del COVID-19[ix] donde el otro no tiene cara, es un monstruo invisible.

 

Unas páginas atrás decía que para esta generación, es la primera gran catástrofe a nivel global e individual. Para el resto del mundo también por lo mayúsculo que está siendo en lo personal, social y laboral. Hoy el mundo se encuentra parado. El tiempo de confinamiento te deja mucho tiempo libre para revisar tu agenda y llamar a personas con las que tenías tiempo sin hablar. Las redes sociales ayudan mucho, ayudan a no sentirse solo.

 

Esas últimas son las que han marcado la diferencia y dan respuesta al artículo de 1999: ¿A dónde vamos? Evitan el “sálvese quien pueda” al que tan dolorosamente nos precipitábamos. Pero en lo personal me surgen algunas preguntas: ¿podrá Occidente[x] anticiparse comunicacionalmente a desastres como el que sufrimos con el Covid-19? ¿Es posible sobrevivir a la posverdad o ella nos desbordará? ¿La libertad de expresión  sobrevivirá a otras catástrofes como la Gran Recesión o la pandemia del Covid-19? ¿El colectivo como “fin superior” se impondrá sobre los derechos de los individuos?

 

Son preguntas de difícil respuesta. La ciencia ficción durante mucho tiempo fue un subgénero de la literatura y cine de aventuras, hoy se nos presenta casi como un género profético. Minority Report, y otros productos de la industria cultural avanzan esas preocupaciones. Es interesante ver que la ciencia-ficción de los últimos años nos pinte un horizonte bastante negro. Pareciera que nos plantean que el destino manifiesto  de la humanidad es la catástrofe (climática, bélica, ambiental o política). The X Files, The Walking Dead, The Road, I’m a Legend, Contagion, nos muestran un futuro bastante negro; como si se esperara que cuando suceda lo aceptásemos de forma natural, es decir, como si no hubiera otra salida que la catástrofe.

 

Espero que más que como una profecía, podamos leerlo como una advertencia[xi]. Creo que todos los gobiernos  del mundo están preocupados por la posverdad, bien corriendo tras las fake news, bien estudiando cómo utilizarlas en su favor. Rusia y Estados Unidos, con Europa en medio, o bien van tras los centros neurales de la fabricación de las noticias falsas o bien las van creando.

 

Una sociedad donde esto se pudiera anticipar a esos eventos potencialmente catastróficos sería el ideal a alcanzar. Planteado así, todos lo podríamos apoyar, ahora bien, ¿cómo quedan los derechos del individuo en este panorama? ¿Puede un Estado anticiparse a lo que pueden hacer sus ciudadanos?

 

En España los casos de juicios por delitos de odio, donde los encausados son humoristas o simples tuiteros con un gusto dudoso, ponen en tela de juicio hasta dónde se puede llegar. ¿Se puede actuar a priori cuando un tuitero dice “que va a matar a todos los guardias Civiles”? ¿Son amenazas o fruto de la multa que ha recibido hace un momento? ¿En qué lugar queda la libertad de expresión y la de pensamiento? ¿Quién, por participar en un grupo de chat es corresponsable de lo ahí dicho? ¿Se podría actuar extraterritorialmente para frenar ataques en la red?

 

Si se llega a ese extremo se podría condenar a los lectores de un periódico determinado o a quienes ven Al jazeera por ejemplo. Minority Report representa ese futuro negro donde la expresión particular puede ser judicializada por  los posibles efectos futuros. Las figuras públicas saben que desde el momento en que acceden a un cargo público se exponen al escrutinio público, sus actitudes pasadas pueden hacernos más suspicaces sobre sus comportamientos futuros pero, eso no quiere decir que hoy lo piensen o que vayan a realizar esos actos que pensamos.

 

En Madrid se dio el caso de un concejal del Ayuntamiento de la capital que iba a presidir el distrito de Fuencarral-El Pardo, seis o siete años antes, cuando incluso la formación política por la que fue electo no existía, publicó un tuit de muy mal gusto sobre un Volkswagen y un millón de judíos. Podemos dudar de su sentido del humor, podemos disentir sobre su formación política, incluso de que en su cuenta de Twitter había varios mensajes políticamente incorrectos en clave de humor; pero eso no limitaba su libertad de expresión, no indicaba ni si- quiera que pensase realmente eso, ni quería decir que tuviera a futuro comportamientos antisemitas.

 

Los cargos electos pueden ser removidos o juzgados, aunque eso suene de Perogrullo, por sus actos pasados no por los actos futuros. Se ha descalificado mucho al actual Gobierno “porque quieren implantar el Chavismomadurista que sufre Venezuela”.

 

Wiston Churchill dijo que la democracia es el mejor de los peores sistemas de gobierno. La legitimidad de los cargos designados en elecciones justas, limpias y transparentes es, o era hasta la era de la posverdad, lo que permite que el sistema de las democracias burguesas funcione. Un cargo electo puede ser juzgado y debe ser destituido por obtener un título de forma poco clara y que apunta a que hubo fraude (bien sea por plagio, bien sea por incurrir en corrupción o por falsificación documental). Pero ¿inhabilita para un cargo el haber sustraído unos artículos de poco valor en un supermercado diez años atrás? ¿Inhabilita haber pertenecido en la juventud a grupos extremistas aunque ahora no pensemos igual?

 

Eso tampoco otorga un cheque en blanco a los representantes electos para actuar sin ningún control. Los poderes públicos, junto a los medios de comunicación, hace que dichos cargos estén siempre en el punto de mira de la opinión pública. Sí, suena evidente y de primero de universidad. Pero en situaciones como la de la pandemia que sufrimos actualmente, de la Gran Recesión, o de las actuaciones de la lucha contra el terrorismo, rozan acciones de parte de los gobiernos que pueden producir vértigo y esas acciones sí deben y pueden ser controladas.

 

Pongo por ejemplo, lo que está ocurriendo en relación con la pandemia actual. Los gobiernos de Europa, y a ello se han sumado los medios, están usando un lenguaje de guerra (aquí retomamos la Guerra de la Palabra), se habla de frentes de lucha, partes de información, bajas, lucha de trincheras, héroes, primera línea de batalla. Sin quererlo nos hemos hecho especialistas higiene, limpieza[xii], virus, recuperaciones, fallecimientos, estadísticas, mascarillas, hospitales de campaña, guantes, respiradores, equipos de Protección Individual (EPI), curvas de contagio, tasas de duplicación y otros conceptos que nos eran desconocidos.

 

Después, cuando se oye hablar a algunos presidentes autonómicos (me refiero en particular a la presidenta de la Comunidad de Madrid) y solo te vienen a la cabeza palabras como traidor, quinta columnista, desafecto. Mensajes en cuentas de Twitter acerca de la situación de los hospitales hablando de situaciones desesperadas, recuerdan mucho a la descripción de los puestos de socorro de la Guerra Civil. Esta es nuestra guerra, una guerra sin enemigo, sin tropas, sin frentes. Lo único que se me viene a la cabeza por el tamaño catastrófico de la situación es la epidemia de la Peste Negra en el siglo XIV.

 

El Cementerio de los libros olvidados

 

Hoy nos encontramos en una guerra con tres frentes. El primero contra el COVID-19, es una lucha biológica, la de los medicamentos, los respiradores y las ambulancias. Algunos medios ya se hacen eco de la próxima pandemia, el estudio de la zoonosis que en los últimos cincuenta años ha producido cinco grandes pandemias (el VIH, la Encefalopatía Espongiforme, la Gripe Aviar, la Gripe Porcina y el COVID-19), ese frente nos lleva a los otros dos. El de la palabra y el de la posverdad.

 

Cuando le preguntaba sobre la Guerra Civil a mi abuela o a sus hermanos y hermanas, siempre decían “no quiero hablar de aquello”, “aquello pasó hace mucho tiempo”, “deja aquello tranquilo”, “¿qué quieres saber de aquello?” pocas veces decían la palabra guerra, era una especie de tabú. Si no se mencionaba no era real, si no se mencionaba no se repetiría. Es curioso que dos de las más exitosas sagas cinematográficas de principios de este siglo Harry Potter y el Señor de los Anillos tengan también un aquello que no se puede nombrar para que no se haga real (Lord Voldemort o Sauron).

 

La permanencia del objeto no es cosa de niños nada más. El cáncer, las enfermedades mentales, la muerte o las adicciones son algunos de los tabúes que nuestra sociedad tiene en su lenguaje. En España todavía hoy en día, en algunas regiones y en algún grupo de edad, es un tema prohibido recordar la filiación política de algún familiar[xiii] o la paternidad de algún miembro de la familia. Eso nos ha traído como sociedad muchos problemas para asumir y brindar ayuda a quienes sufren.

 

Si “esto” no somos capaces de enfocarlo por su nombre, la pandemia del COVID-19, le haremos un flaco favor a las futuras generaciones que tendrán que enfrentar a fenómenos similares que vendrán[xiv]. Si todo lo que aprendimos hoy, no somos capaces que asimilarlo (aquí los medios de comunicación, la educación en todos los niveles y el uso que le damos a las redes sociales es fundamental) estaremos creando nuestro Sauron generacional.

 

“Cuando pase todo esto”, tendremos que tener respuestas a esto, para que no sea un aquello. Lo que aprendamos de esta pandemia, como sociedad, como informadores, como usuarios de las redes sociales, casi en el sentido kantiano del imperativo categórico, debe hacernos diferentes.

 

El uso, éticamente solvente, de nuestras formas y usos comunicacionales puede que evite que la próxima catástrofe biológica sea como un libro que salió del Cementerio de los libros olvidados. Puede que evite que nos convirtamos en Julián Carax en una alocada carrera por devolver el libro al lugar de donde nunca debió salir. Esperemos que eso no ocurra “cuando todo esto pase”.

 

¿Finalmente a dónde vamos? ¿Qué sociedad nos espera?

 

Es difícil aventurar de modo exacto el devenir de lo que se producirá en la sociedad, los gobiernos, los medios de comunicación y las redes sociales. Aunque he intentado enunciar antes posibles salidas siendo optimista, el paso de los días se cubre de sombras.

 

Pasan los días, los hechos, las declaraciones y el confinamiento al que está sometido todo el planeta. Vislumbro tres aspectos que podrán marcar el futuro comunicativo-cultural. Ninguno de ellos es positivo.

 

Socialmente dependientes infoxicados

 

El consumo de los medios intoxicados por una industria de fake news, nos hará más dependientes del discurso oficial. Las posibilidades de contrastar la información serán cada vez menores. Pongo un ejemplo, la búsqueda de “Covid-19 y fumadores”, que en estos días se han multiplicado. El aviso del Ministerio de Sanidad es el puesto dos indicando que fumar aumenta el riesgo de contraer el virus[xv]. El uno, es un artículo sobre una “investigación” de un hospital en Francia sobre la nicotina y sus efectos para evitar el contagio.

 

Ese artículo es el que ha circulado en las redes, y algunos youtubers se han hecho eco de dicha información en foros como Milenio Live, que en estos días ha tenido más de un millón de visitas en la hora en que se transmite en directo. ¿Es posible desmentir con éxito esa información?

 

Si decenas de artículos atestiguan que ninguna de las cepas del COVID-19 se creó en un laboratorio ¿Es posible que los medios convencionales hagan que los ciudadanos lo acepten como verdad? ¿Se puede luchar contra el Twitter de Donald Trump que dice lo contrario?

 

Los teóricos de la conspiración tienen un terreno abonado. Los últimos intentos de atajar la difusión de bulos y noticias mal intencionadas, se topan con la libertad de expresión. Sí, es una interpretación retorcida de la libertad de expresión, pero hasta el Congreso de los Diputados se ha hecho difusor de esas informaciones distorsionadas.

 

En el futuro la ciudadanía tendrá muy pocas probabilidades de cotejar y contrastar informaciones de casos menos vitales que el de la pandemia del COVID-19 y que tengan que ver con sus finanzas o su voto. La era de la posverdad ha llegado para quedarse.

 

El discurso mayoritario de los medios que consumen los ciudadanos es pesimista. El futuro al que vamos se muestra como inevitable. Mencionaba unas páginas más arriba del destino manifiesto que se ve en algunas series y películas. Creo que ese será el discurso general en los próximos años. Un sapo que está en un caldero de agua que se va calentando lentamente no salta del caldero.

 

El modelo democrático liberal debilitado, superlíderes y extremismos

 

En Roma la muerte de Julio Cesar fue el fin de la República, sin embargo no es hasta Constantino I cuando el Senado pasó a ser una mera figura decorativa. Fue perdiendo funciones y fuerza. Aquello del Senatus Populusque Romanus quedó solo en SPQR, unas iniciales en los estandartes del ejercito imperial.

 

Las democracias liberales parece que van a sufrir ese fin. El Estado está viendo laminadas sus funciones, desde arriba y desde abajo. Las instituciones supranacionales encajonan las decisiones de los Estados, al igual que las regiones y municipios.

 

La Unión Europea, tiene en este momento la llave de la reconstrucción de los Estados miembros, aunque ha perdido la batalla del relato[xvi], ha dado la imagen de un grupo de vecinos mal avenidos. Sin embargo las competencias de inversión, financieras y económicas están en sus manos. El otro, en los países del sur de Europa, tiene cara de Ministro de Finanzas Neerlandés, otro insolidario.

 

Las regiones y municipios pugnan con los Estados centrales por recursos y equipos. Lombardía y Madrid con resultados dispares tienen una campaña de desgaste contra sus gobiernos centrales por la carencia de recursos. Noticias distorsionadas, medias verdades o directamente falseadas le comen el terreno al discurso del Estado central.

 

Los partidos extremos que no forman parte de los gobiernos, “por ahora”,  se han apropiado las fake news. Vox, el partido de ultraderecha español, ha llegado a acusar en el Congreso de los Diputados al gobierno de censurar las redes sociales[xvii], basándose en noticias falsas que ya habían sido desmentidas incluso por WhatsApp[xviii]. Las formas de un Estado propio de la era logocentrismo, de las plazas, de los libros, la prensa escrita, de los tratados escritos en caligrafía elaborada, las máquinas de escribir y los taquígrafos se lleva mal con una sociedad de redes sociales, ebooks, medios digitales, tipografías sans serif, teclados y reconocedores de voz.

 

Los superlíderes con un perfil muy preciso, varones, heterosexuales, blancos, tuiteros y de clase acomodada, son los que se abren paso en esta sociedad. Creo que alguien debería realizar un estudio detallado de Donald Trump, Boris Johnson, Emmanuel Macron y Pedro Sánchez. Sus semejanzas, su facilidad de camuflarse en sus redes, su forma de parecer que están por encima de las instituciones los hace a la vez parecer unas pop star y un terrible peligro para los sistemas democráticos.

 

Medios de la era de la posverdad

 

Los medios de comunicación, tanto los tradicionales como los digitales, tienen un reto por delante. Creo que ya lo tienen perdido o su victoria será más o menos pírrica. Ante un discurso dominante tragediante, con unas redes sociales que le han restado protagonismo, un mundo donde todo el mundo legítimamente puede opinar, es verdaderamente difícil encontrar el espacio para la información éticamente solvente.

 

Las industria de bulos parecen ir por delante, su terreno es la imaginación; los medios solo tienen a los hechos. Los bulos se reparten gratuitamente y los medios cada vez más acuciados por renovarse y competir entre ellos van cerrando espacios y a suscriptores. No veo solución a tener dos clases de información una gratuita y de dudosa fuente y otra de calidad y de pago. El ciudadano ideal del Siglo de las Luces, era libre, educado, opinaba y comparaba la información. No sé cómo será el ideal del ciudadano de la era de la posverdad.

 

Día 31 de confinamiento: Hoy me he levantado tarde, rutina de confinamiento. Café por la mañana… no tengo tabaco. Veo el teléfono, 150 mensajes de Whatsapp… los salto todos y leo de nuevo el mensaje de Miguel de hace una semana:

 

[…] mi tía Ana (yo la conocía) ha muerto por coronavirus. No hemos podido despedirla. Mi prima Antonia la mayor (también la conozco), está en la UCI de Murcia, su hermano Ramón (no lo conozco) está en Yecla. Por parte de mi madre otro primo también falleció […]

Madrid, 10 de abril de 2020 a las 22.11pm. Skyline Webcams

Madrid, 10 de abril de 2020 a las 22.11pm. Skyline Webcams

Es un parte de guerra en toda regla. Leo el mensaje de ayer que me envió Carlos desde Nueva York: “Mega Jodidos”… solo más dos palabras. Hace tres días la curva se doblegó. Hoy en el parte de bajas solo 605 muertos en España (y es una buena noticia), 777 en Nueva York (“por ahora”). Mientras tanto, en el campo de batalla, hay un 15 % de médicos y enfermeros contagiados (sin cifras) y más de un millar de nuevos casos. En esta particular trinchera seguimos… sin novedad en el frente.

Notas

 

[1] ROSSELLÓ et al. (2011): Comunicación empresarial y atención al cliente. EDEBE.

 

[1] Será motivo de estudio en el futuro el cómo ha cambiado nuestra forma de relacionarnos, desde la kinésica (bajar a la calzada, antes de todo esto, era una forma deliberada de no cruzarnos con alguien, ahora es signo de respeto para no contagiarnos), hasta en las formulaciones lingüísticas (decir “nos vemos cuando termine todo esto” era una vaguedad, hoy es un deseo casi ferviente de querer ver a esa persona cuando termine la cuarentena). Nuestros hábitos diarios han cambiado desde el amanecer hasta el acostarnos, los medios de comunicación y las redes sociales son nuestra ÚNICA forma de saber que pasa más allá de nuestra puerta.

 

[1] Comunicación. Estudios venezolanos de comunicación. Caracas: Centro Gumilla. 108 (Oct.-Dic. 1999).

 

[1] Leía hace unos años y no recuerdo la fuente que decía que en un día se suben a la nube más fotografías que todas las que se habían hecho desde el siglo XIX hasta esa fecha.

 

[1] Muchos discreparán de esta afirmación pero la Gran Recesión, como le ha dado en llamarla a los economistas, encontró a esa generación siendo niños y cuando “terminó” eran unos adolescentes; esta por tanto, es la primera que los encuentra siendo adultos. La Gran Recesión, para muchos seguirá siendo “la Crisis”, “la Crisis Financiera” o “la Crisis Bancaria”. Se dijo que se iba a convertir en la crisis final del capitalismo (mucha izquierda trasnochada lo creyó realmente). Nicolás Sarkozy llamó a “refundarlo”. El rey de los Países Bajos dijo que era el “fin del Estado de Bienestar” y que, más o menos, aquello era un sálvese el que pueda, hoy vemos que el capitalismo sufrió una gripe bastante fuerte que lo llevó a urgencias y que el afectado fue el Estado del bienestar… será con el que salgamos adelante en esta pandemia.

 

[1] Los de mi generación, la del siglo pasado, recordará las imágenes de los cormoranes cubiertos de petróleo que era falsa o las imágenes en directo de los bombardeos sobre Bagdad, que sí fueron reales. Para otros detalles ver: La guerra del Golfo no ha tenido lugar (1991). Barcelona: Ed. Anagrama,

 

[1] Hubo amenazas por parte de El Daesh de cortar la lengua a quién utilizara ese nombre. Sí, yo también me estoy arriesgando a ello.

 

[1] Kristina Lerman, Xiaoran Yan, Xin-Zeng Wu. The “Majority Illusion” in Social Networks. February 17, 2016 https://doi.org/10.1371/journal.pone.0147617 (la traducción es mía). Para una explicación simplificada ver a Eduardo Saenz de Cabezón en su canal de Youtube dedicado a la didáctica de las matemáticas, Derivando: https://www.youtube.com/watch?v=_5wFActPCsI

[1] El ascenso del partido de ultraderecha VOX en España, se dice ha sido motivado por las movilizaciones de sus militantes por medio de los grupos de WhatsApp. En los grupos de WhatsApp, que son más o menos opacos, se comparte todo tipo de información y es un punto desde el cual las fake news y la Majority Illusion pueden ser más eficaces.

 

[1] Creo que este mismo texto es un ejemplo. Casi pueden leerse varios artículos si se leen solo las notas referenciadas.

 

[1] Recuerdo el caso de una influencer que decía “Si os tenéis que tomar esas pastillas (Frenadol que  es un medicamento para los resfriados) que sea por la noche porque son más fuertes que el Orfidal (que es un ansiolítico)”. Casos como este hay muchísimos, antibióticos recomendados como antiacné o ibuprofeno como “mano de santo” contra los vómitos. La lista de quinceañeras que ejercen de médicos en pantuflas son innumerables.

 

[1] Sé que esta afirmación puede ser discutible, pero pongo el caso de Assange y los papeles del Pentágono. En un principio, la discusión estaba centrada en los alcances de la libertad de expresión, luego fue la discusión sobre si éticamente Wikileaks debía o no desvelar esa información, pero desde el momento en que se asiló en la Embajada de Ecuador, ¿es mi percepción personal o a partir de ese momento Assange todo el tema tomó un cariz personal y nos olvidamos del contenido de la información que ahí se revelaba? ¿Era Assange el custodio de la libertad de información? ¿Estados Unidos renunció a sus prácticas poco éticas? Años después los llamados Papeles de Panamá, creo se discutieron de una manera mucho más racional, las fiscalías de todo el mundo se apersonaron para investigar lo allí revelado y ninguno de los periodistas dijo que ellos eran LA libertad de comunicación.

 

[1] Creo que será el próximo traje regional. Tiene su guasa, sería como un carnaval pero todos con el mismo disfraz.

 

[1] Esta anécdota es real, días antes, ayudé a una dulce viejecita de Los Anaucos a cruzar la calle frente al Hospital de Clínicas Caracas, cual no fue mi sorpresa viéndola arrastrar un trozo de res que pesaría más que ella, frente a mi balcón, cuando saquearon la Central Madeirense, un poco más abajo de mi casa.

 

[1] Así como a otros eventos catastróficos, al final siempre se acaba de ponerle un nombre “romántico” por ejemplo el Terremoto de Lisboa, la Peste Negra, la Gripe Española, la Gran Depresión, la Gran Recesión; me pregunto qué nombre recibirá esta pandemia. La identificación del otro para poder reflejarnos en él es algo acuciante en el género humano.

 

[1] Aunque parezca que hablo desde una perspectiva muy europea, cuando me refiero a Occidente, no es intencional. América Latina está dentro de la esfera de lo que consideramos Occidente. México, Brasil o Chile se plantean participar en grupos como el G20 u otros círculos que hasta ahora eran parte de países europeos o de América del Norte. Ciertos temas que eran muy “europeos” como la representación de las minorías, pongo por ejemplo la uniones LGTB+, donde siete países reconocen esos derechos (en Venezuela el proyecto de ley está en la Asamblea Nacional hace varios años) las posiciones de las clases medias y elites políticas está muy cerca de los planteamientos de España, Francia o Canadá. El G20 es otro ejemplo: Argentina, Brasil y México son miembros de pleno derecho y Chile es un país invitado. Mercosur tiene mucho de la Unión Europea a pesar de estar ahora medio empantanado por las situaciones de Venezuela y Argentina.

 

[1] Sobre las dobles lecturas que pueden hacerse a una expresión cultural, me permito hacer una particularísima recomendación con el libro El maestro del Prado de Javier Sierra. Hay un capítulo interesantísimo donde a la lectura tradicional de El Jardín de las Delicias como una profecía del castigo de la Humanidad se hace una lectura “inversa”; el castigo se transforma en una promesa.

 

[1] Oír hablar a mi hermana del proceso que debe seguir para salir y entrar en casa (mascarilla, guantes, y luego colocar toda la ropa en una bolsa de basura que va a la lavadora) para no contagiar a mi padre pudiera ser perfectamente una escena de Contagion.

 

[1] Me pongo como ejemplo. En el pueblo de mi madre su familia  tenía fama de “rojos”, algo que no entendía hasta que hablando con una prima hermana de mi madre, en medio de una discusión dijo “Ti non sabes nada, o do tio Manuel foi por comunista” (Tú no sabes nada, lo del tío Manuel fue por comunista). Asunto resuelto, mi abuelo había sido del sindicato de Obras y Caminos durante la República, setenta años después no estaba bien reconocer esa “mancha” en el árbol familiar.

 

[1] Ver: “The next pandemic is already coming, unless humans change how we interact with wildlife, scientist say”. De Karin Brulliard. En: The Washington Post. Abril 3, 2020.

 

[1] Sí soy fumador, y sé que por tanto soy población de riesgo.

 

[1] “Ese discurso es repugnante en el marco de la Unión Europea. Esa es la expresión adecuada: re-pug-nan-te, porque no estamos dispuestos a volver a oír a ministros de Finanzas holandeses como ya oímos en 2008, 2009, 2010 y años consecutivos” son las declaraciones del Presidente de Portugal sobre la reunión del Consejo Europeo del día 26 de marzo. El País 27 de marzo de 2020: https://elpais.com/economia/2020-03-27/repugnante-la-critica-portuguesa-contra-el-gobierno-holandes-por-su-respuesta-a-la-crisis-del-coronavirus.html

 

[1] La intervención de la diputada Maracena Olona no tiene desperdicio. La Sexta 15 de abril de 2020: https://www.lasexta.com/noticias/nacional/vox-lleva-el-bulo-del-control-de-las-redes-al-parlamento_202004155e96ebdbea9fed0001bee4ea.html

 

[1]Comunicado de WhatsApp 13 de abril de 2020:  https://about.fb.com/es/news/2020/04/comunicado-de-whatsapp/

Juan Manuel Matos

Venezolano. Hoy residenciado en España. Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Católica Andrés Bello. Fue miembro del consejo de redacción de la revista Comunicación.